domingo, 9 de octubre de 2016

…Opinión al margen…


Transcurren varios de los días más nefastos para la historia de mi país desde que estoy vivo.

Vertiginosamente nos hundimos en esta pesadilla que nos dejó el resultado del plebiscito del 2 de octubre, poco más de cincuenta mil votos inclinaron la balanza en favor del No. Fue el funesto adiós a la posibilidad de empezar a construir, en paz, un país de menos guerra y más educación, de más justicia social, porque es claro que no era más que eso: una posibilidad, pero lo era.

Me acuso de haber creído incauto que los resultados nos serían favorables (claro, soy un firme convencido de que el Sí era la opción que más “nos” convenía) pues, ahora me pregunto si por fortuna, me he rodeado en el mundo (real y virtual) de quienes a lo largo de su vida han asumido posturas liberales, progresistas, comunitaristas.

Así, estos días he visto aflorar entre amigos y familiares sentimientos de ira, desesperanza, frustración.

Sin lugar a dudas, la tristeza también ha invadido mis noches desde el resultado y la sensación con el recuerdo se va pareciendo cada vez más a la de una decepción amorosa. Nada extraño, si se piensa, el despecho es con los compatriotas, mayoría, que votaron por la opción contraria y, aunque las explicaciones pudieron ser muchas, gran parte de la indignación la vertimos sobre la impotencia que genera la falta de una oposición clara, responsable y propositiva, fenómeno que ha quedado en evidencia desde el momento mismo en que se anunciaron los resultados definitivos.

Lo que al día de hoy tenemos es el oportunismo de algunas cabezas que se adjudican la posición del vencedor, que dicen tener unas condiciones inamovibles para la consecución de una paz estable y duradera, pero que a la larga no están haciendo más que improvisar. Una semana después de los resultados apenas salen los primeros comunicados y proposiciones concretas, muchas de las cuales amparan la impunidad y resguardan los intereses de unas clases políticas y sociales vinculadas a fenómenos de desplazamiento forzado, despojo de tierras y de ejecuciones extrajudiciales, entre otros. Las mencionadas propuestas se la juegan por desconocer la justicia de transición y condenan en el olvido nuestro derecho de conocer la verdad de lo sucedido en los últimos años en torno al conflicto armado; ciegan con ignorancia el justo reclamo que como población civil debemos a los responsables de tanta atrocidad.

Mención especial merece el montón de incautos que creyó en las vociferaciones de los vendedores de humo, que abusando de su autoridad, credibilidad y de la buena voluntad de sus allegados, difundieron mentiras de todo tipo logrando imponerse a través de la desinformación y el miedo. Muchos de esos votantes, hoy como todos, ven las nefastas consecuencias de la decisión a nivel político, social y económico; el voto se les ha hecho indefendible en el escenario cotidiano. A mi juicio resulta difícil discutir, si se es un ciudadano de a pie sin intereses políticos o económicos claros en la continuidad del conflicto, con un acuerdo juicioso, mesurado y responsable como el alcanzado.

Lo cierto es que estamos así gracias a que como masa siempre hemos sido tal como nos lo pinta este momento de nuestra historia: mediocres y egoístas.

Aún no vuelven a sonar las trompetas de la guerra, falta poco menos de un mes para que se levante el cese al fuego bilateral extendido y mientras tanto las partes (que ahora son tres) juegan al ajedrez, cada una al ritmo que más le favorezca. Curiosamente ese juego versa sobre reuniones que fraguan los grandes politiqueros de siempre, como viejos amigos, una burla a las víctimas y a la sociedad civil cuando esos mismos encuentros, y aquel tan sonado consenso nacional, pudieron haberse llevado a cabo por lo menos cuatro años antes.

En las opiniones políticas diarias hay sentimientos encontrados, espaldarazos (tal vez más internacionales que nacionales) y detractores. A mí personalmente me cuesta imaginar en qué momento una desazón comunitaria se apoderó de nosotros tan agudamente.

Aún así, el grueso de los nacionales, cándidos todos, esperamos desde la saciedad de nuestras rutinas las noticias del día a día. De pronto asistimos a una marcha acá, firmamos una petición por allá o hasta nos atrevemos a instaurar acciones legales, pero hay que decir que muchas de estas acciones carecen de una contundencia que vaya más allá de la emotividad. La mayoría son una muestra de respeto y sensatez, exigen el cambio de balas por banderas blancas y se representan en gritos de consignas en favor de un mejor país. Hay lágrimas en asistentes y espectadores

Se vienen nuevos días de drama y cada uno de nosotros vuelve con decepción a sus tormentos de los últimos años. Mientras tanto, la democracia nos muestra en ejemplos de varias naciones que puede ser perfectible, con los días surgen nuevas y mejoradas distracciones mediáticas y el universo continúa expandiéndose. Esperemos que antes de que el daño de huracanes, elecciones de tiranos o reformas tributarias nos alcance, se nos permita, como consecuencia de algún nuevo suceso caótico, construir el tan anhelado posconflicto.


domingo, 28 de febrero de 2016

…los improperios de Judas…

Se me ha ido la paciencia y cómo no, Jesús es como uno de esos líderes sobre los cuales uno no se explica cómo han llegado a donde están; que te da instrucciones que se contradicen con lo que ha dicho antes y que aun así espera que cumplas en el acto. Lo mismo pasa con algunos de los presidentes del Sandrin o con los recaudadores de impuestos, ¿cómo puede haber hombres de tan pocas cualidades con tanto protagonismo?, no importa, pudiendo elegir otro hombre, otras características, otra personalidad, el padre, dice el mismo Jesús, ha optado por él.

Ahora me pregunto cómo me convenció, yo, que bien podría haber llevado una vida corriente, tener una parcela, o ser artesano, pescador o agricultor, que fácilmente podría salir en las mañanas templadas al campo y volver en las tardes a disfrutar de la comida, a juntarme con mis amigos o a gozar de mi mujer; yo, que fácilmente podría haber optado por las labores que le son comunes a todos los hombres: tributar, descansar los sábados, reunirme con mi familia en las fiestas. Yo, que imaginaba de joven una vida apacible, opté por creerle a un loco.

Un loco que, según dice, vivió una profunda experiencia que le hizo descubrirse y encontrar su misión, donde conversó con dios, ¿cuál dios?, ¿se tratará acaso de mi mismo dios?

Y tampoco es que sea el primer hombre en querer reunir discípulos, ejércitos, allegados alrededor con misiones particulares, yo mismo debería tener mi propio combo. Pero me vine a reclutar con el presunto nuevo hijo de dios, sin duda que con los años llegarán otros que se van a querer autoproclamar de tal modo.

A pesar de sus ínfulas de grandeza, a veces se mostraba jocoso, en ocasiones era difícil reconocer si hablaba en serio, sobre todo cuando instruía sobre la voluntad del padre, ¿cuál padre?, ¿el suyo?, ¿José el carpintero? Hay que aceptarlo, un tipo normal con buen humor, por eso me comprometí con su teatro.

No importa, ya estando acá, se hace lo que se hace, porque uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, y yo me comprometo, yo milito con todas las ganas. Me he vuelto el hombre detrás del hombre, y ya entrados en gastos me reafirma la idea de poner a temblar un poco a las instituciones, de ganar seguidores y ser popular por andar con Jesús. Es que este prestigio no se consigue en ningún otro lado, no por estos días.

Así pues, y ya estando adentro, cada uno cumple su función. A mí me ha tocado venderlo, por su orden directa, por línea de mando y estoy acatando, después de todo alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Entonces que me digan villano, traidor, codicioso, me considero lúcido después de todo, solo estoy cumpliendo con mi misión, me comprometo con las causas.

Y como cada uno tiene que hacer su parte, a mí no me ha tocado la más loable. Lo que hice es disciplina, sacrificio y hasta un acto de piedad.

Creo que es una buena oportunidad para salirme del grupo, para que tanta fanfarronería se acabe y buscar una vida de verdad. Hombres que andan detrás de un hombre que estrepitosamente predica valores que todos hemos conocido en casa: amor, respeto, tolerancia, abnegación, entrega, caridad; ¡por favor!

Y los otros, borregos, ¿acaso no se lo preguntan? siempre lo mismo, con esa falta de criterio, que maestro para acá y maestro para allá. ¿Por qué cada uno no puede interpretar las escrituras a su modo?, ¿por qué cada cuál no cumple la ley como la entiende?, ¿por qué tiene que haber una ley?, ¿por qué sostener con nuestros tributos al imperio?, ¿por qué unos pocos concentran las tierras y los cultivos y no los distribuyen entre mendigos y enfermos? Hoy me declaro en contra de los mesías, de los rabinos, de los sacerdotes y los prefectos.

He entendido que el padre se revela por sí mismo, que Jesús o cualquier otro no sirven más que a su propio ego y que los demás fuimos unos incautos. Pero ellos me critican, me acusan, quieren hacer justicia con sus manos, ¡zánganos que no entienden!, es que esto no se trata de ellos o de mí, ni siquiera de ese tal Jesús que no es más que un títere, una representación. Yo mismo tendré que ser reemplazado en eso de ser “pescador de hombres”.

¿Y ahora qué debería hacer?, ¿entregarme?, ¿por qué?, ¿acusado de qué?, ¿arrepentirme?, ni hablar. Mejor partir, mi conciencia está limpia; no contemplo la posibilidad del suicidio o de dañar a alguien más, sencillamente la de retirarme a llevar una vida como la de cualquier otro.

Después de todo, Jesús y yo no somos más que un par de judíos, él tan humano como yo, yo tan hijo de dios como él.


domingo, 31 de enero de 2016

…Elena, cine y café…

Una noche cualquiera le escribo que no todo entre nosotros debe tener cara de pugna. Sin embargo sé que es un hecho coherente con esta experiencia, barranquillera, donde casi todo me sabe a rock, a resaca, a discusiones, a encuentros y desencuentros, a olvidos.


–Estoy confundida- me dice. Creo que, como me lo dijo un día Carolina, esa confusión a la larga no va a servir más que para el redescubrimiento, para que se formalicen sus planes y sea muy feliz con su familia promedio.


-Dímelo, dímelo- insisto yo con desespero frente a sus notorias evasivas ante mis preguntas sobre el futuro. Quiero llenar esos silencios de libros, de expectativas con ella, de poemas de Sabines donde se mande todo a la mierda o se hable del suicidio.


–No todo lo tenemos que hablar- me espeta indignada. Después me pasa las manos alrededor del cuello y simula ahorcarme con toda su fuerza como queriendo callarme para siempre.


La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad en esa mirada tan expresiva como displicente que te acompaña; -es que no me gusta la gente- me has dicho. Claro que no te gusta la gente, no hace falta que lo digas.

Recuerdo que lo más impactante para mí en ese momento fue descubrir que tenías una opinión tan formada sobre cine, tan certera y tan diametralmente opuesta a la mía. Me sorprendió para un gusto que por años he considerado de mis fuertes.

Mira que mujer tan inteligente y tan atractiva -le dije a Barranquilla- tiene cierta alegría/amargura costeña y al respecto nada le importa, intenta desbordar lo sensata y lo profesional en todos sus colores.


En buena parte de nuestros encuentros reinan los silencios, que de común acuerdo no tienen que ser incómodos. Silencios que huelen a su cabello y a sus preocupaciones, a sus “no debiste irte, debiste haber seguido a mi apartamento que la conversación estaba muy agradable” de algunos días; a los colores de todos sus mandalas.


Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, -¿cuánto es, señor, y por qué tan caro?-. Pasaban los días entre agradecimientos mutuos y buenas excusas para salir a caminar.

Después de mucho manifestarte que estaba completamente cómodo contigo, tú hiciste lo propio con la valentía que brinda una noche de cervezas. Vinieron los besos, los mordiscos, la carne que se estrella contra la carne. Dolor.

Hubo llanto, ha de llamarse culpa. Momento memorable para mí, Elena.

-Mira tanta humanidad en una misma noche-, le dije a Barranquilla.


Entre nosotros siempre hay películas, caminatas y discusiones tan obtusas como cotidianas; también preguntas dementes: ¿preferirías ser un pulpo o una estrella de mar?, ¿qué género musical te gustaría ser?, ¿y si tuvieras que ser una figura geométrica?


Tuve el acierto de dedicarte las canciones precisas, cosa que rara vez sucede, casi una diaria, muchas hablaban de lo nefasto de los domingos.

-No tengo nada que ofrecerte ni estoy en disposición de recibir, ahora mismo, nada de tu parte- repetías.

Antes o después de esa letanía hablábamos sobre la dificultad de encontrar a alguien con quien empates, con quien compartas muchos gustos y cuya personalidad no te genere problemas.


Que gusto pasar los fines de semana a su lado, que el plan surja de forma tan natural y que de esa forma natural cada uno encuentre la manera de irse sin ser despedido, pero sabiendo que estorba. Así como hay un dicho que reza que es mejor llegar a tiempo que ser invitado, debe haber alguno que aluda a que es mejor irse a tiempo que ser despedido.


Supongo que algunas desilusiones se ligan al hecho de que conoces a alguien demasiado, o a que hay cosas de esa persona que un día dejan de sorprenderte.


De su relación, la real, no tengo idea aunque a veces me ha ganado la curiosidad y he preguntado, otras veces solo imagino. De cualquier modo sé sobre ese alguien a quién quiero identificar como Minestrón y que es su pareja de toda la vida, he visto fotos de ambos en las redes sociales, es un tipo moreno aunque no tanto como a mí me habría gustado ser. Me pregunto si con él también lee.


Elena y yo leemos de vez en cuando, generalmente soy yo el que lee y ella la que escucha. Un fin de semana cualquiera en la primera noche me leyó un pequeño texto sobre el suicidio (tema apasionante) escrito por Milan Kundera; la segunda noche fue mi turno con un cuento de Murakami que la puso a dormir en la quinta página.


Imagino que a los dos nos cuesta trabajo expresar lo que sentimos, sin embargo especular se nos da y al final tocábamos todos los temas, sin mirarnos a los ojos, como hemos hecho con casi todo lo importante a lo largo de estos meses. Y nos creíamos dioses cuestionando la biblia, burlándonos de los horóscopos, derribando el capitalismo con sueños absurdos y haciendo premoniciones sobre nuestras horribles muertes.

-Me gustaría que alguien nos grabara, como en un reality show, para tiempo después vernos y reconocernos en lo trascendente, y absurdo, de nuestras conversaciones-, te decía.  

-Mira que ridículo es el amor-, le decía a Barranquilla.


Más de una vez nos hemos tomado del pelo haciendo un llamado al otro a que se “desmovilice”, esto es: que deje de mirar su teléfono por el tiempo que estamos compartiendo juntos. Ese fin de semana cualquiera la batalla la ganó ella, estuvo pendiente del teléfono los dos días, entiendo que alguien la estaba convidando a una fiesta, algo me contó, supongo que también conversaba con Minestrón


-Es que yo no tuve la intención de desaparecerme todo el fin de semana como tal vez tú sí- fue su respuesta a mi reclamo por su intensidad con el teléfono; ante lo cual no tuve nada más que decir.


Esa noche ya desde mi casa me ofrecí a terminar de leerle al teléfono (dejándole grabaciones) el texto de Murakami que la había abrazado en sueño la noche anterior, fue una idea que la entusiasmó.


Un día hace muy poco y sin que la viera venir llegó su despedida, que no se ha consumado pero que tiene las horas contadas. Las consecuencias para mí ya las imagino: soledad, aislamiento, amargura, deseos de volver a la zona de confort, escribir.


Después de eso es probable que venga la ilusión de conocer de nuevo a alguien, las conversaciones, la carrera por besarla, amarla y olvidarla.


Supongo yo que hasta el momento verla es lo que palía mi ansiedad bajo este cielo despejado y caluroso, a veces imagino que en los meses por venir será la verdadera prueba, el ostracismo absoluto y la nostalgia de los amigos. Y ahí haré memoria a estas memorias de nuestros fines de semana. Y haré memoria a los celadores de su edificio cuyos nombres desconozco pero que me saludan de forma tan efusiva.


Ahora mismo todo es una pugna, no tiene que ser, pero es como es.


Los juegos de cartas, enseñarte algunos tontos trucos. Notar como todo contigo sale naturalmente, tu sabor es el del cielo, el mío es de la oscuridad. No querer irse nunca, que suenen algunas canciones de trova desde el fondo de una habitación que nos ha visto más desnudos que con ropa.


Nuestros últimos encuentros han sido más parcos que el primer día que nos vimos. Uno de ellos se trató de una comida con muchas grasas saturadas y de palabras que no fluían en una conversación forzada llena de cotidianidades. Creo que a través de su teléfono agendaba una cita en su nuevo trabajo o alguna cena romántica, no me importa.


Después de unos días de silencio de tu parte y en el marco de un encuentro a medio planear, las palabras se me atoraron en la garganta. Minutos después de despedirnos te escribí algunos mensajes, “estoy triste” coincidimos en decirnos.

Que difíciles las despedidas, que fuertes que son, que fuerte lo que siento por vos. Tal vez nos merecemos un mejor recuerdo, Elena, gracias por todo el intercambio literario. Gracias por todo el intercambio vital.

-Me gané la lotería pero se me fue el boleto de las manos-, le dije a Barranquilla.


Viéndolo, creo que han sido más sinceros los intercambios a través de correo electrónico que esas últimas visitas que se han llenado de sus respuestas agónicas y de mis ladridos de “quédate, no te vayas, yo tampoco tengo nada para ofrecerte pero estará todo bien, bella Elena”. Se va apagando.


Cuarta, quinta o décima vez que lloro por una mujer.


Palabras al vacío, promesas que no se cumplen. Es mejor no despedirse.


La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad.


lunes, 31 de agosto de 2015

…decadencias…

Una de mis primeras novias solía decir que yo escribía horrible, que me faltaba estilo, pero sobre todo estética. Tendrá razón hasta el fin de los tiempos.

Me acostumbro a caer en falsas modestias, a expresarme con ironía, a tener reflexiones absurdas sobre vicios que consumo y que me corroen. Últimamente caigo en torpes seguridades y en mil frustraciones relacionadas con la soledad, esa bella experiencia que conjura la independencia.

Algunos dicen que felicidad es recordar los momentos que ya no están, en este caso las visitas furtivas, los mensajes cifrados, escapar de la oficina, discusiones paradigmáticas, que las manos se tomen, un plan conjunto, los sentimientos y los resentimientos.

Supongo que felicidad también es tomar una decisión de todo o nada, donde el todo son tus hermanos y la nada la incertidumbre.

Hay soledades con nombres propios, en este caso soledad es María Belén antes de la media noche, es ese momento en que ella se baja del taxi y en el que reconozco que cuando la vuelva a ver ya no va a ser como antes. Soledad es esa promesa de vernos al día siguiente por última vez un par de horas antes del vuelo y es robar ese último beso de su boca antes de que descienda.

Soledad es ir el resto del trayecto taciturno y reconocer en el retrovisor que el taxista también se acongoja con esa falsa promesa.

Soledad es que de manera tan diplomática ella salga de tu vida.

Soledad es que cuando llegues a tu destino el taxista te desee un buen viaje.

domingo, 28 de junio de 2015

…Linda…

Hoy vi a Linda, hace 2 años largos no la veía. 

Recuerdo que esa vez, por allá en el diciembre de 2012, me alegró mucho el día (y el mes) verla, tanto que terminé por comprar más regalos de los que me había presupuestado para entonces. Mi familia fue la gran beneficiaria de mi encuentro furtivo desde el Transmilenio con Linda.

Seguía estando igual: altiva, esbelta, erguida, delgada, elegante… en ese momento la vi pasando la calle desde la ventana del bus, no me costó mucho trabajo reconocerla, era ella sin duda.

Para el año 2010 Linda fue mi pareja de baile de manera transitoria, montábamos una milonga en el grupo al que pertenecíamos y por los azares de la vida los profesores estimaron que ella y yo seríamos la pareja más notoria, juntos estaríamos al frente y en el centro.

Para entonces yo no la conocía y tampoco lo pude hacer tiempo después, mi novia de turno hacía parte del mismo montaje y era un tanto celosa, además Linda no era particularmente habladora. Lo único que me llegó a contar entre ensayo y ensayo es que me llevaba más de 10 años (yo le hablé de mi edad, 22 para entonces) y que jamás en la vida había trabajado. Estaba haciendo un doctorado ahí en la universidad y en par meses se iría a Alemania, todo en su vida, todo, hasta entonces, se lo habían costeado sus padres.

Linda hacía pleno honor a su nombre.

Ensayamos unas cuatro o cinco veces, no lo sé, faltando dos semanas para la presentación Linda no volvió a los ensayos, nadie sabía su número, su correo, nada, solo sabíamos que hacía un doctorado en la Nacional.

Para aquel día de diciembre cuando la vi desde la ventana juré que si la vida me la volvía a poner de frente le hablaría, le preguntaría cómo le había acabado de ir con su doctorado y claro, si sus padres aún le daban para el bus.

Tuvo que ser 7 de abril de 2015 para encontrármela de nuevo, sucedió siendo la tarde de un martes cansado y rutinario en la estación de Transmilenio más cercana a mi oficina, subimos al mismo bus y la reconocí desde el primer momento, tiene la misma “lindura” de los días en que bailábamos. De pie me acomodé a su lado, la miré fijamente, no fui capaz de hablarle, no supe o no quise saber cómo decirle – ¿Linda? ¿Linda Rincón? ¿Me recuerdas?-, ¡no!; por todo lo que duró el trayecto y estando a su lado la contemplé de manera casi descarada. Noté que se sintió intimidada, cambió algunas veces de postura, me miró de reojo, palideció. En fin.

Tarde advertí que había llegado a mi destino, tuve que salir a empujones, sin despedirme, sin una última mirada. Había perdido la oportunidad de hablarle, sin embargo, en el recorrido le noté esas maneras elegantes que recordaba y algunos libros en su maleta, pienso ahora que a lo mejor se dedica a la docencia. Especulo.

Absorto pasé la calle; había perdido el chance y ya no me juré nada, -si la vuelvo a ver la disfrutaré, la recordaré en esa milonga de hace 5 años y nada más- me dije. Del otro lado de la acera tuve la sensación de ser observado, últimamente me cerca la paranoia, la seguridad no es la sensación que más me transmite la ciudad por estos días, agité la cabeza y pasé rápidamente la mirada a todas partes en busca de amenazas.

Del otro lado de la avenida Linda me miraba expectante, revisaba su bolso y me clavaba esos bellos ojos verdes, quise sonreírle pero al advertir mi mirada bajó la suya, cerró la cremallera de su bolso y echó a andar presurosa hacía el oriente, dirección opuesta de donde vivo, de seguro que se fue con la sensación de que yo la miraba de manera insistente en el bus porque la quería robar. De seguro no se acordó de nuestra milonga.

domingo, 18 de marzo de 2012

…anonimatos…

…Tengo que hacer un escrito que contenga una hipótesis sostenible, deducciones, evidencias y conclusiones en menos de doscientas palabras. Sí, mi profesor de inglés es un tanto optimista, de cualquier forma lo haré más tarde, por ahora, y antes de volver con las hipótesis, me quedo con las sandeces y las simplezas de este blog que cada vez está más sucio y abandonado…


-Tomás, no está bien que veas conversaciones ajenas- me dijo al tiempo que advertía que el foco de mis ojos se desprendía por un momento del contacto con los suyos y se deslizaba etéreamente por la boca resplandeciente de la mujer sentada tres mesas adelante. -Es una costumbre apática que, bien sabes, no te ha traído más que problemas– continuó diciendo -aún me veo llevándote comida a la estación policial la última vez que tu maña fue percatada por los tipos de esa mesa en el juego de póker– concluyó.

La mujer que estaba a tres mesas era una mulata grande y afanosa, supuse que sería de algún municipio del Caribe de donde he conocido a muchas como ella, con esa alegría eterna y sensual. Sentada mostraba un cuerpo robusto de brazos y espalda ancha, que probablemente combinaban tan bien con un abdomen pronunciado como con esa sonrisa nívea. Tenía los ojos oscuros, grandes y brillantes, y unos pómulos brotados que le daban ciertas facciones de indígena.

-¿La ves?, está justo detrás de ti y acaba de decir “nunca he estado más asustada en mi vida”- le dije al rostro de Camila que por mi imprudencia recién se había enfurecido y ahora desviaba la mirada. -Si hay algo difícil de saber cuándo intentas leer los labios de las personas es cómo se llaman- continué diciendo -puedes pasar horas y horas en el bus, un bar, el parque o la biblioteca y las personas difícilmente dirán su propio nombre-.

-A mí eso me tiene sin cuidado, ya te he dicho que no está bien que lo hagas- me recriminó de nuevo el rostro enfurecido y ahora recién ruborizado.

-Lo cierto, te interese o no, es que él tiene por lo menos el doble de su edad y ella aún no llega a los veinticinco, lo cierto es que vivieron en el idilio por cerca de seis meses y después, como raro, ella empezó a creer que algo no andaba bien. Nuestra amiga se sospecha que su galán le ha contagiado alguna enfermedad– le dije buscando más que un tanto de rubor en su ira -lo cierto, después de todo, mi querida Camila, es que no merece la pena seguir leyendo en los labios ese dolor porque quizá se nos contagia- terminé diciendo mientras advertía lo triste que resultaba la historia de la morena y lo imprudente de mi costumbre.

 –Tú me lo acabas de contagiar, imbécil, ahora ni siquiera quiero ver su rostro, vamos a esperar a que se vaya- me dijo al tiempo que para sorpresa mía había desviado su estallido de ira contra lo arraigado de mi maña a los actos de él, de un él de quién no sabíamos nada y del que solo la interlocutora de la joven hubiese podido darnos razón en ese instante-.

Como en otras ocasiones, con ese tono solemne y el aire filosófico que siempre ponía en sus modismos, muletillas y frases de cajón, a los pocos minutos relacionó lo que le había contado con un pasaje de su vida o de la de quienes conocía. Comenzó hablándome de la suya, de la necesidad de prescindir de la inocencia para que no sucedieran engaños como el que hubo contra la mulata. Me aseguró, no sin antes cerciorarse de que me había convencido de lo de los engaños, que hay vidas que están marcadas por ciertos nombres, y me contó la historia de Leonardo y Johan, amigos suyos de la universidad que se habían conocido de niños y se habían hecho pareja a los trece siendo la más estable que ella hubiese llegado a conocer. Me habló de esa Carolina amiga suya que siempre se había involucrado con hombres que se llamaban David y ya sumaba más de seis.

Ese rostro, ahora tranquilo y pálido, me contó que algunos años atrás, antes de que nos conociéramos, la habían cambiado por alguien que para ella no significaba ni una digna competencia, y que eso le había dolido más. Ella, tan delgada, bonita, emprendedora y en otrora excluyente, un día fue cambiada por una más gordita y andariega, una morena con facciones indias que la superaba al parecer en experiencia porque aún en edad ella seguía siendo mayor.

Nos olvidamos de la mulata y así como llegó se marchó entre un gimoteo lastimero y el consuelo odioso de su amiga del que no fuimos testigos. Pedimos la cuenta y nos retiramos.

Al dirigirnos al parqueadero continuó con el tema. –No obstante me siento tranquila, por muy triste y vacía que haya sido mi vida- opinión con la que yo en nada estaba de acuerdo -al menos seguí siendo una mujer sana y salva, a quién no le han amenazado ese tipo de catástrofes autodestructivas como la de la mulata del restaurante. No llegué a ser la bacterióloga más famosa del instituto ni a dirigirlo, quizá sea una mujer a la que nadie más que tú recordarás, pero espero ser una mujer salva y tranquila, ciertamente es mucho más de lo que se podrá decir de todas esas estrellas que por estos días han muerto en medio de la opulencia, el consumo y la soledad-.

Camila no había tenido una vida muy complicada aunque creyese que cada pérdida cotidiana de la infancia había generado en ella un obstáculo irreparable, sin embargo, historias como la de la mujer del restaurante cocían en ella ese tipo de reflexiones sobre los placeres sencillos por las que yo tanto disfrutaba de su compañía.