jueves, 10 de febrero de 2011

…sobre las inefables manzanas de chocolate…

Una mirada resplandeciente y clara se podía observar enmarcada a través de los lentes de montura gruesa, recta y hecha de algún tipo de plástico marrón, -lentes de niño genio- pensé antes de fijarme con atención en el color de sus ojos. Nunca me han gustado los ojos claros, no he tenido buenas experiencias con ellos, y si hablamos de estética prefiero las pieles morenas, que por lo general vienen en conjunto con miradas oscuras. Melisa (con una “s”) era su nombre, era alta de estatura y mediana de contextura, la mujer más perspicaz que he conocido. –¿Le molesta si fumo?- me dijo por primera vez mientras parecía como si se estuviese viendo de frente reflejada en un paquete de cigarrillos recién abierto –es un espacio abierto- respondí y fingí distraerme, ella hizo lo mismo, el espacio no era grande y era la única zona verde del edificio. De alguna forma se las arregló para alejarse de mí sin entrar a arrasar con las petunias y los cartuchos, permaneció de pie a un palmo del jardín, con un cenicero en la mano y poniendo mucha atención a cada exhalación, en su boca fumar parecía un placer delicioso.

Estaba de pie en el último ladrillo mirando a la nada mientras yo seguía en la banca de madera que había ganado por llegar unos segundos antes, pasaba mis quince minutos de descanso. Aquel día la contemplé descaradamente, de arriba a abajo, de izquierda a derecha, tenía un perfil caricaturesco y con un poco de imaginación podría uno creer que efectivamente esa mujer estaba pintada en la pared blanca del fondo del patio. Era dueña de una elegancia antigua, gastada, sosa, como la de algunas trabajadoras de calle que caminan con altivez de artista aunque el frío las entumezca.

Era bella, tendría unos treinta y algo y se le notaban, pero representaba con posturas y gestos algo que iba más allá de su edad, una especie de preocupación o duelo que parecía conferirle siempre un estado de molestia -¿me le parezco o qué?-, bajé la mirada inmediatamente y me marché. Al día siguiente comprendí que mis quince minutos de descanso coincidirían con los de aquella mujer y con los de algunos tantos empleados que preferían la sala de estar al jardín por evitar el sol de la media tarde, los ocasionales gusanos y el olor a cigarrillo. Yo era el nuevo y ciertamente no me interesaba quedarme en el rotulo de tal por mucho tiempo, al tercer día le hablé, bueno, me habló, parecía algo inquieta, -exceso de café- pensé.

–Soy Melisa- me dijo –con una “ese”. ¿Y usted?-, lo primero que pensé en decirle fue –no, yo no me llamo Melisa- pero advertí que sería un comentario muy pueril para alguien de su apariencia –soy Tomás- respondí – mucho gusto, no hace mucho llegué-; -lo sé, todavía se sienta acá, en unos días no soportará el sol, ni el encierro, ni nada que tenga que ver esta parte del edificio-, me pareció un comentario exagerado pero callé, en cierta forma la mujer me intimidaba.

Nos seguimos encontrando casi todos los días con excepción del cruce de descansos que generalmente era los miércoles y los domingos; cierta vez hablamos de lo que hacíamos, ella trabajaba en la bodega de la sexta planta: alistaba materiales, pasaba tintos, halaba cables, contestaba llamadas, veía por los hijos de su jefe, entre otros; yo le expliqué que era sociólogo, que había caído allí por casualidad y palanca y que mi función, en términos generales, era llamar a las personas y programar visitas quincenales que después asignaba. No puso mucha atención a mis comentarios, lo único que me dijo fue –que mal, ustedes los psicólogos no tienen corazón-. Esa misma semana, cuando comenté mi exceso de trabajo con las visitas domiciliarias y la falta de personas competentes a mi cargo retomó lo de los psicólogos y me contó sin muchos detalles cómo se había involucrado con un médico psiquiatra en su trabajo anterior y de porque entonces decía que yo no tenía corazón, esa tarde yo no estaba de humor para explicarle que los psicólogos no son psiquiatras y que los sociólogos no somos ni lo uno ni lo otro, en algún momento advertí algo de rencor en sus palabras y preferí no ahondar en el tema del psiquiatra.

Con el tiempo noté que Melisa tenía cientos de rencores acumulados por los años, con su padre, con el psiquiatra que también era su jefe y hasta con el hombre que había abusado de su sobrina hace poco, todo esto le confería un aura tosca y ofensiva, desde que me contó lo de su sobrina no quise volver a preguntar nada referente a su vida familiar o sentimental. Discutimos más de una vez sobre política y religión, otras tantas compartimos tinto y cigarrillo generalmente mientras la lluvia nos salpicaba los zapatos. Con el tiempo sus ojos me parecieron lindos, no eran tan claros como los recordaba e iban a la perfección con su piel tersa, limpia y joven, una piel impecablemente blanca y atractiva.

Cierto día le hice saber que había estado reparando en que se le notaba más delgada, ella correspondió a esto diciendo que un dolor en la garganta le había comenzado semanas atrás y que el antibiótico, recetado por el farmaceuta del barrio, no causaba el efecto deseado, tenía también un dolor de cuello insoportable por lo que había pedido cita con un masajista, pero sus familiares la convencieron de que lo mejor era hacer un chequeo general; no la vi durante dos semanas, tiempo al cabo del cual no podía entender cómo es que había sostenido por cerca de cuatro meses una relación interpersonal con alguien a quien veía solo unos minutos al día en el mismo lugar, sin encontrarla eventualmente en una oficina, en un restaurante, en la entrada del edificio, sin teléfonos ni mensajes, solo casualidades programadas, comprendía, eso sí, que era bella y que eso había contribuido a la causa, muchos de mis prejuicios respecto a las mujeres de mirada clara se desvanecieron con las conversaciones ocasionales que sosteníamos.

Nuestro reencuentro fue rápido, no salió a fumar, -solo necesitaba un poco de aire- me dijo, y casi al instante la vi llorar, de la forma en que lo hacen las mujeres que no se quieren mostrar débiles, algunas lagrimas bajaron por sus mejillas, otras tantas se acumularon en la montura de sus lentes de niño genio, no me vio a los ojos. De alguna forma balbuceó algo sobre que le habían descubierto un cáncer y el inicio del tratamiento y se fue sin despedirse; me quedé inmóvil, apenas si hablábamos quince minutos como mucho al día y ya sabía que tenía cáncer de garganta. Me dejó un vacío en el pecho del que me costó algunas semanas desprenderme.

No la volví a ver desde entonces, había pasado casi un año y hace poco menos de dos semanas la encontré a través del cristal de la ventanilla del bus en que me desplazaba sobre la carrera séptima, caminaba distante, desprevenida, llevaba un par de cajas medianas entre ambas manos a la altura del pecho y por lo recogido de los ojos podría jurar que no era la primera vez que hacía ese recorrido, por el mismo lugar y con la misma carga; tenía pasos displicentes, alienados, tuve tiempo suficiente para observarla mientras el semáforo cambiaba, por un momento pensé que voltearía intempestivamente la cara y sentí algo de temor por eso, rápidamente elaboré un plan de emergencia donde al verme confrontado por el par de ojos añil me haría el desprevenido y parecería estar buscando un número en las plaquetas de las edificaciones de la avenida. Pareció caminar en cámara lenta a mi lado, no hice nada para llamar su atención, la dejé en paz, con su marcha cotidiana y sumisa, con el porte de quien ha tenido que pasar por mucho para pararse donde se encuentra, nada que ver con como la recordaba, con esa altivez modelada y agresiva. La vi vulnerable, triste y macilenta, podía intuirse que no la había pasado nada bien todo ese tiempo, ni ella ni quien tuvo que haberla acompañado en el karma, entonces me sentí miserable y poco compasivo al pensar en la fortuna de no haber querido pedir su número de teléfono, y de que odiara a los psicólogos, aunque nunca se hubiese metido con uno y aunque yo no fuera uno de ellos.

martes, 2 de noviembre de 2010

…subtítulos…

“Tengo una idea original en la cabeza, mi calva cabeza, tal vez si fuera más feliz no estaría en descenso, la vida es corta, necesito sacarle provecho. Hoy es el primer día del resto de mi vida, soy un cliché viviente. Tengo que ir al doctor a que revise mi pierna, algo anda mal, un bulto, el dentista volvió a llamar, el plazo venció. Si dejara de posponer las cosas seria más feliz. Todo lo que hago es sentarme en estas nalgas tan gordas, si no fuera obeso seria más feliz, no tendría que usar estas camisas largas todo el tiempo, como si eso engañara a alguien, que nalgas tan gordas Debería correr de nuevo 8 km diarios pero en serio, tal vez escalar. Necesito cambiar mi vida ¿Qué tengo que hacer?, tengo que enamorarme, necesito una novia, necesito leer mas, mejorar yo mismo, ¿Qué tal si aprendo un idioma? ¿O si toco un instrumento? o podría hablar chino; seria el guionista que habla chino y toca el oboe, sería maravilloso. Debería cortarme el cabello, dejar de querer engañarme a mí mismo y a todos sobre que tengo abundante cabello, que patético es eso. Se realista, confiado, ¿no es lo que atrae a las mujeres? Los hombres no tienen que ser atractivos, pero eso no es cierto, en especial en estos días, ahora hay casi tanta presión los hombres como para las mujeres. ¿Por qué fui hecho para sentir que debo disculparme por existir? Tal vez sea la química de mi cerebro, eso debe ser, mala química, todos mis problemas y ansiedad se reducen a un desequilibrio químico o alguna sinapsis faltante, necesito conseguir ayuda, pero seguiré siendo feo, nada cambiara eso...”


Tomado de: El ladrón de orquídeas, adaptation, 2002.

domingo, 31 de enero de 2010

…para mí la poesía, para ti las ecuaciones…


-Querido niño dios, para esta navidad lo único que quiero es una barbie de la última colección, espero que este año si me la puedas regalar. Quiero la barbie que sabe hacer felación, no importa si mide dos metros o uno y medio, sabes que en esos detalles no me fijo mucho, aunque claro, me gustan más las morenas. Muchas gracias, querido niño Dios-.

Corta y sencilla era por quinta vez en veintidós años mi carta al niño dios del último diciembre; era fácil de redactar y ciertamente no exigía mucho, tan solo una muñeca como lo haría cualquier niña saturada de comerciales y ostentosas vitrinas con los juguetes de moda: barbies para todos los gustos, las hay que cocinan, que lavan, que planchan, que cosen, que hacen trabajos de grado –siga, siga, hay una para usted-. Fue un diciembre atiborrado de cotidianidad, que me mantuvo sumergido entre copias, parciales y platos, y del que por suerte salí vivo, pienso que lo único que me conservó cuerdo fue la idea de obtener la anhelada muñeca que, por supuesto, ese año tampoco llegó envuelta en papel de regalo y con un complicado moño de cinta verde.

Al diciembre azaroso y triste le siguió un enero majestuoso, soleado como muchos pero caluroso como ninguno, los abuelos lo notaron y empezaron a pronosticar el fin del mundo dado que en los días de las cabañuelas el cielo estuvo más despejado que siempre y ninguna gota de lluvia se le escapó a San Pedro ni por desliz.

El calor en muchos sitios se hizo insoportable y la densidad del agua de las piscinas aumentó dado que casi todo el tiempo estaban colmadas, los ríos tenían el cauce bajo y los animales, que mas parecían pintados en un cuadro de hiperrealismo, se mostraban macilentos. Se decía que en algunos lugares los hombres estaban muriendo de deshidratación y las mujeres iban perdiendo sus curvas a raíz de la sequía, los cultivos se perdían y casi todo el mundo padecía algún malestar que tenía que ver con el inclemente sol.

Por los días de la inclemencia a Juan le aquejó el dolor de estomago de manera más aguda, era una enfermedad rara de la que nadie había querido dar razón y con la que ya se había acostumbrado a vivir, entre disenterías, vómitos, fiebres y malestares había perdido tres años de su juventud a la buena fortuna de cientos de médicos que le daban diagnósticos distintos y remedios contradictorios, por entonces los cólicos se hicieron tan fuertes que se revolcaba en las noches y no había forma de controlarlo, se desesperaba y gritaba con una suerte de bramidos que nos desvelaban a todos en el acto. De algún lugar del vecindario llegó a nuestros oídos el rumor de la existencia de un medico tan efectivo que no cobraba hasta no curar completamente, una especie de chaman del que no se tenía queja, al día siguiente, después de una noche insoportable tanto para Juan como para nosotros, me aventuré con él en la búsqueda del especialista.

Querer llegar a la casa del maestro implicaba conocer ávidamente la provincia del Bajo Magdalena, por suerte, tanto a Juan como a mí, la infancia nos sonrió en medio de estas selvas de las que se decía que en otras épocas emergían panteras, guacamayas, indígenas, guacas y toda suerte de artefactos y seres. Así, entre trapiches eléctricos y cañaverales llegamos a su residencia, tan humilde como recóndita, de la que se dice hace parte de un gran jardín mítico con una amplia gama de flores y semillas para todos los aturdimientos.

–Buenos días- saludamos a las cuatro mujeres aparcadas en el recibidor –estamos buscando a Miguel- una de ellas, la que parecía ser la dueña de casa y que tenía una presencia imponente, nos invitó a seguir y a esperar junto a ellas –enseguida viene, se estaban tardando- concluyó.

El maestro es casero y paternal, sencillo en la forma y en el hablar, parece un campesino más: alpargatas, pantalón gastado y camisa; tiene los ojos rojos y la pupila turbia como bien me había advertido mi abuelo sobre quienes abusaban de los rezos; es un hombre que parece no tener más de sesenta años y tiene ademanes cansados, como si la fatiga de las caudalosas visitas lo cansara más que la producción de panela. Antes de atendernos pasó por el lado mirándonos de reojo al tiempo que sostenía una conversación con un rubio de mediana estatura que respondía con monosílabas a los planteamientos del maestro sobre cosechas, colectas y sembrados. Poco después nos saluda efusivamente advirtiéndonos de la presencia de tres mujeres antes que nosotros, y que por tanto, debemos esperar, la consulta con ellas la hace delante nuestro, todo gira en torno a la menor, una niña con cerca de doce años que parece tener problemas en la piel de manera muy pronunciada y conflictiva: ampollas en la cara, brazos y torso. Su madre y abuela, las acompañantes, reportan padecer algo semejante pero no en la proporción de la infante, según relatan llevan un día viajando desde la ciudad y se encuentran muy cansadas.

Después de escucharlas el maestro les ofrece algo de tomar y le dice a su esposa, la que tenía aspecto de matrona, que nos traiga un tinto; prosigue interrogando, lo hace sobre hábitos alimenticios, lugar de vivienda, antecedentes, entre otros, todo con el rigor de una consulta médica, habla de plano y sin tecnicismos, finalmente emite un concepto que resulta ser un poco confuso para todos, habla de la sangre y de la forma como fluye por todos los seres vivos, les dice a las tres mujeres que deben tomarse una infusión que incluye frutas, verduras, condimentos y licor por cinco días y en ayunas, también invita a la niña a seguir a su habitación para hacerle un rezo, no se demora mucho, es un procedimiento fugaz que de seguro incluye algunas palabras cortas, efectivas y milenarias contra las maldiciones.

Con Juan, al igual que con la otra consulta, todo se habla de entrada y en frente de todos, le pide una referencia a los síntomas y Juan se extiende mas allá de los cólicos insoportables de enero para hacer referencia a teorías sobre cómo pudo haberle comenzado el padecimiento y sobre lo mucho que había sufrido por tres años con el mismo. El maestro medita un poco sobre lo que cuenta Juan y le advierte que puede ser un maleficio, es entonces cuando nos habla de sus múltiples viajes al extranjero y sobre todo el prestigio que tiene en Latinoamérica, nos relata historias personales sobre viajes a Perú, Bolivia y Venezuela y de cómo en esos lugares, con tanta o más malicia que en nuestro territorio, las mujeres dan a sus esposos o a las amantes de los mismos bebedizos de uñas, sangre, animales o tierra de difunto, de cómo se contratan hechiceros para que una persona muera lentamente de un cáncer intratable o de sed; nos habla de la mujer a la que desde lejos y con muchos maleficios le fabricaron una lagartija, y que en una noche bajo su tratamiento, con mucho dolor tuvo que parir para curarse como si se tratara de un niño. Nos cuenta la historia del niño al que en un lugar del Amazonas le fabricaron una tarántula en el pecho y de cómo él mismo, uno de los curanderos más grandes del sur del continente, tuvo que hacerle la cirugía de extracción con un machete.

El maestro invita a Juan a su habitación para descartar cualquier irrupción de hechicería, según me contó el mismo Juan poco después, se trató de un par de golpes en las rodillas y en la mandíbula del paciente que propiciaba con los nudillos de su mano izquierda, después un rezo musitado y nuevo a la sala de estar. La esposa conoce tanto o más y que él sobre pócimas y lo interrumpe de vez en vez mientras este divagaba sobre si los frutos selváticos del té para Juan deberían estar verdes o maduros, por último, y recordando un caso semejante que trataron hace cerca de treinta años, acuerdan que sean verdes.

Finalmente el maestro dice que es todo, les dice a las mujeres que se pueden ir y que no le deben nada pero que sean cuidadosas con la pócima, a nosotros nos cobra diez mil y nos dice que siempre que queramos ir somos bienvenidos, que se atreve a curar el cáncer, la soledad, la indigestión, la locura o cualquier otro mal mayor generado por un hechicero, -hechiceros hay bastantes y le hacen mucho mal a la gente, los curanderos somos pocos y nos encargamos de hacer todo tipo de acciones en función de la humanidad, solo hay que tener un poco de fe- nos dice ese espíritu supremo detrás de la facha de campesino fatigado y sudoroso. -Es hora de que se vayan- nos advierte- está por llegar una mujer que viene desde muy lejos buscándome.

Nos despedimos después que cancelar la consulta y empezamos a andar de regreso entre carreteras, ríos y caminos, al cabo de media hora de ruta nos cruzamos con una rubia regordeta y brillante que nos preguntó dónde quedaba la casa de Miguel, le dimos las instrucciones y seguimos caminando aún conmocionados con el principio vivo de esas realidades paralelas donde alguien se atreve a contradecir a la ciencia y asegura curar cualquier cosa con la sabiduría de la selva y un poco de fe por parte del paciente, donde lo que importa es hacer el bien a la humanidad y en donde los ángeles se visten de campesinos y se encargan de regar la paz desde los más apartados parajes.

De este lado del mundo el maestro tiene un adepto más que le hace publicidad en lo virtual y que puede asegurar que vio a Juan curarse después de visitar cientos de médicos para sus cólicos insoportables.

-Querido niño Dios, para el próximo diciembre no voy a pedir la barbie que sabe hacer felación, lo único que quiero es un tanto de sosiego y un buen camino para no caer en el paso de algún desaforado que me quiera ver pariendo sapos o que me quiera sacar tarántulas del pecho. Gracias, querido niño dios-.

miércoles, 20 de enero de 2010

...infortunios para cien...

Logré conciliar el sueño próximo a la una de la madrugada después de despedirme de ella en el chat y acostarme de inmediato pasadas las doce, tuve un sueño profundo y sin interferencias.

Todo comenzó cuando llegó a mi trabajo en el restaurante Andrés, un viejo compañero de colegio que solía amañarme con su buen humor y unas historias tan cotidianas como bien contadas, al principio fingió no reconocerme, le ofrecía el menú y no me miraba, finalmente me saludó displicente y se fue no muy lejos a festejar un reencuentro escolar, desde mi ubicación pude reconocer a muchas de las caras que acompañaron mi juventud: Angélica, María Fernanda, Camilo, entre otros.

Yo los miraba desde lejos festejar y abrasarse mientras continuaba con mis labores de mesero, me dedicaba a repasar unos cubiertos cuando se acercó de nuevo Andrés y me dijo que no había estudiado después del colegio a lo que su madre, que de algún lugar había salido, correspondió diciendo que no era necesario porque por cada carro que vendía se ganaba tres de los mismos. Enseguida mi compañero tomó en sus manos el tarro de detergente que yo tenía listo sobre el mesón para limpiar mas tarde y me dijo: -Se cómo sacar un hombre negrito de acá-, lo destapó sin titubeos y lo hizo. A decir verdad no era del todo un hombre, parecía más bien un grillo con extremidades humanas y coraza marrón que comenzó a dar estrepitosos saltos sobre las rodillas de todos: de él, de Ella (que de algún lugar había salido), y claro, sobre las mías.

El primer contacto sobre mis rodillas fue seco y doloroso, no pude evitar quejarme, me dolió tanto que cuando lo vi aproximarse por segunda vez estrellé sobre su pequeña fisionomía lo que quedaba del tarro de detergente que Andrés había dejado sobre el mesón, fue una mala valentía, tan pronto lo hice, al mejor estilo de las películas, el grillo se pudo transformar en lo que parecía ser un pájaro que nos doblaba en tamaño, un alado sin plumas y con grandes dientes que comenzó a revolotear por todo el lugar, en ese momento la plaza había quedado vacía, tan solo la habitábamos los tres y así el pajarraco volaba a sus anchas hasta que lo vimos escapar por una de las ventanas, corrimos a ver hacia donde se dirigía, volaba alto, como a cinco pisos y no era el único, lo acompañaban dos más.

–Son todos alcaravanes- murmuré –le sacan los ojos a la gente-, entonces los tres alcaravanes dantescos entraron por una de las ventanas del billar y desde allí todo fue gritos desesperados.

Quisimos guarecernos antes que de salieran por nuestros ojos pero todos los caminos estaban sembrados de minas, por donde se quisiera ir habían cientos, como los cuadros de un ajedrez, restringiendo todos nuestros movimientos, empezamos a andar esquivando los caminos, trepando a las rocas, los alcaravanes estaban cerca y en un intento de desesperación por no dejarse alcanzar nuestro compañero se echó al camino inmolándose en el acto.

Así estuvimos varios días con sus noches, tomando el agua de la lluvia y sin detenernos, cuidándonos de no dejarnos ver por los pájaros que cada vez parecían volar más bajo, después de una gran travesía logramos llegar a lo que parecía ser otra ciudad, un corrillo de edificios grises y polvorientos de donde las personas parecía que no habían podido salir en mucho tiempo, accedimos a uno después de mucho rodearlo por el temor a las minas, parecía un hospital, tenia cientos de corredores amplios y puertas cerradas, todo sin luz. Al final conseguimos una escalera y llegamos a la tercera planta, allí a una de las habitaciones se le adivinaba un foco encendido y una sombra, al parecer masculina, se paseaba impaciente al otro lado del vidrio martillado que componía la mitad superior de la puerta, había un letrero escrito en tinta negra y sobre una hoja de cuaderno suelta que pendía del cerrojo: “Se cumple su sueño en 12 minutos por $3000 pesos”.

Ella se revisaba los bolsillos al arribo de las escasas monedas que recordaba tener.
–No entres- le dije.
–Tengo que- me respondió al tiempo que me daba la espalda- es mi sueño, no el tuyo.
–Te quiero-.
–Tú a mí- respondió ella.

El teléfono sonó estridente antes de que alcanzara a salir a las calles a esperar que los alcaravanes me sacaran los ojos.

-Juan Pablo, llamando- leía en medio de la conmoción sin saber en realidad en donde estaba, al lado del nombre unos números: –Mierda, las diez, debería estar entrando a trabajar.

jueves, 12 de noviembre de 2009

…¿y por qué no irnos para Nápoles (o para Barcelona)?...

Juan Pablo tenía los mismos ojos profundos y azules de su bisabuelo materno, ese par de canicas diáfanas y escudriñantes lo mismo llamaban la atención de las señoras casadas que de los jóvenes que pasaban a su lado de la mano de alguna mujer.

Y era tan normal que nadie sospechó nada en años, su hermana fue la primera en saber y aún a su madre se le fue a Italia siendo todo un hombrecito, el mismo que en una fiesta de noche buena había llegado a casa con una niña que le llevaba tres estratos y dos idiomas por delante, Juliana, la del carro bonito y los papás en el extranjero, y es que a todos nos pareció inverosímil que Juan Pablo fuera el responsable de tan noble visita, más increíble aún que ella lo buscara toda la noche y que llegada la madrugada se lo hubiera llevado en su fabuloso coche rojo para que tres días después llamara Juan a su madre informándole que estaba en Medellín en la casa de alguno de los tíos de Juliana. Poco después Juan Pablo anunció su viaje a Italia, Pedro, un amigo del hotel donde trabajaba le había propuesto ir a trabajar allá en principio como mesero pero le aseguraba que con el tiempo las cosas se le darían. Bueno, eso fue lo que nos dijo a todos.

El viaje se organizó en cuestión de semanas, Juliana, la del coche rojo, parecía ser la única que no se alegraba con el suceso; por fin un Peralta se iba a vivir al exterior y a ganar en dólares o en alguna de esas monedas raras de por allá –es que uno en la vida no se puede dejar pintar pajaritos así por así- le decía Juliana a Carmen, la mamá de Juan Pablo que parecía ser la más feliz con la idea de que su muchacho pisara tierra extranjera.

Juan Pablo dijo que llamaría en cuanto estuviera ubicado y así lo hizo –mamá, estoy en Nápoles, cerca del mar, la quiero mucho- fue lo primero que escuchó Carmen en la bocina que arrastraba el eco de miles de kilómetros al noreste. Según nos contaba estaba trabajando como mesero en un restaurante español, ganaba bien, y hasta nos sorprendió desde el segundo mes con giros de medio o un millón de pesos, según nos decía la vida era muy cara allá y pronto empezaría a buscar un nuevo empleo.

–Este par de ojitos me tienen que servir para algo más que levantarme a las muchachas de barrio- nos decía entre risas; poco a poco fue cambiando, pasaron seis meses y los giros se hacían más constantes, cuando le preguntábamos por su trabajo nos evadía o simplemente nos decía que hacia algunos turnos en el restaurante español y nos hablaba de sus compañeros de trabajo, latinos de familias infortunadas que habían tenido la suerte de llegar al otro lado.

Era poco descriptivo, siempre lo habíamos creído tímido y un tanto reprimido, sus opiniones eran comunes y había que sacárselas con alicates, en Colombia tenía un empleo rutinario como camarero en un prestigioso hotel, hecho que le facilitaba la vida, se hablaba poco y los oficios eran monótonos.

Nunca nos habló de Italia, de los museos, las calles, la comida o los artistas y nosotros, tan ingenuos como incultos nos conformábamos con sus descripciones de la casa donde vivía o con una que otra palabra en italiano que bien nos podía sonar a la misma de la primera o la última llamada que nos hizo, él por su parte se contentaba con decirnos que se trataba de -pan, -por favor, -gracias o -buenos días; nos parecía que había aprendido mucho. Según nos contaba vivía en una pensión con muchos de sus compañeros latinos del restaurante, era un buen ambiente y casi todos hablaban español y soñaban en la eternidad con reunir el suficiente dinero y regresar a su nación, ser prósperos y populares.

Una tarde sonó el teléfono intempestivamente, se oía distante y entonces supimos que se trataba de Juan Pablo, al otro lado una voz intermitente y festiva empezó a parlar cuando Carmen tomó la bocina, en un español lento e inocente saludó y preguntó por algún familiar de Carlota, al no entender Carmen le dijo que no conocía a nadie con ese nombre, la mujer entonces reaccionó y le preguntó si conocía a Juan Pablo y ante la afirmación de Carmen procedió a regarse en felicidades y agradecimientos porque según le decía tenía un hijo muy buen mozo y de muy buenos modales; en la distancia las risas eran claras –acá a Carlotita la queremos mucho, la felicito- dijo la mujer antes de colgar. Luisa lo sabía desde el principio –al fin salió del closet, ya venía siendo hora- me comentaba en un tono envidioso. Carmen no quiso comentar nada al respecto y cada vez que Juan Pablo llamaba actuaba como si nada, le preguntaba cómo iba el trabajo y le agradecía por los giros mensuales que cada vez alcanzaban para más y más cosas, le preguntaba si estaba comiendo bien y él, entre risas, le respondía que en los mejores restaurantes y que pronto la llevaría a conocer.

Pasaban diez meses de la partida de Juan Pablo cuando una noche entró una llamada con la misma voz pringosa de la mujer que un tiempo atrás se había referido a Carlota, esta vez preguntó por Carmen directamente y fue certera –lo siento mucho, Carlota era una buena muchacha, esta mañana la encontraron muerta, tenía muchos tiros en todas partes, estaba trabajando- en el fondo Carmen creyó saber de qué se trataba pero se negó a aceptarlo, solo quiso decirle a Luisa que tenía que hacerse cargo de que su hermano regresara para darle santa sepultura en el país; dos semanas después llegaba Juan Pablo, sin todos los millones que había soñado traer, una bolsa de empaque al vacío en la bodega había sido su asiento en el retorno.

Al querer reconocerlo, Carmen pretendió encontrar al joven tímido y trabajador que se había ido hace menos de un año, en definitiva Carlota era mucho más bella, tenia senos, y una cara perfecta y con maquillaje permanente, extensiones de cabello y una piel tersa que deformada por los impactos de bala no dejaba de ser más bonita que la de Luisa. Cinco tiros en el torso y uno que entró por la boca en el lado del labio inferior. Los gastos de envío del cuerpo habían sido cubiertos desde Italia y la persona autorizada a reclamarlo había sido referida con nombres y apellidos completos, además de dirección y teléfono personal.

En la casa de Nápoles la matrona del español jocoso no se animó a pasar al teléfono ante nuestras llamadas, tan solo pude hablar con un argentino llamado José Luis y al que llamaban Lucia –que tal, soy Tomás, el mejor amigo de Juan Pablo- me presenté. José Luis me dijo entonces que Juan Pablo jamás había trabajado en el restaurante español y que no salía de casa más que por la noche, no había conocido Italia, había llegado y a los dos días se había mandado a operar con cerca de 3000 euros en efectivo que consiguió de algún lugar, después de un mes había podido empezar a trabajar en las noches, la calle de Espalter era su morada, le iba muy bien, era bella y latina, apetecida por demás, pero en un negocio como ese no es muy bueno criar tanta fama, y menos una adicción a la heroína, casi la mitad de lo que ganaba lo invertía en la dama blanca y así se le iban los días en la calle, entre clientes y una inyección, y otra, y otra, así se fue dando a conocer, tuvo varias peleas callejeras por el polvo y a la casa ya casi ni iba, sin embargo, cuando lo hacía llegaba con impresionantes joyas y mucho efectivo, en la calle ya casi nadie la toleraba y se la pasaba más inyectándose que en el trabajo, fue así como se hizo la fama de peleonera, y lo peor, de "sidosa", los diarios amarillistas de esos días aseguraban que por eso le habían disparado a la latina de los ojos azules.

miércoles, 28 de octubre de 2009

...se vale llamar a París...

De lunes a sábado a las 6:00am comienza la jornada, entre taburetes, pasillos, triciclos, estandartes y canecas transcurren las doce horas más largas de la vida de Diego, todos los días son extensos y repugnantes; fétidos olores y un uniforme deslucido, es el encargado de las basuras en esta prestigiosa empresa, toda llena de doctores que ni saludan cuando le pasan por el frente; -¿por qué habríamos de hacerlo? A él se le paga por sus servicios y de seguro es un buen salario, quizá en el futuro haya que hacerle algún recorte-.
Hoy son las 5:50am, está a tiempo, se ciñe el overol y a comenzar. -¡Buenos días doña Ester!- saluda, -Martha, ¿Cómo sigue tú niña? Martha y Ester, los pisos y los tintos respectivamente, y bueno, dos de las personas con las que más comparte tiempo desde hace cerca de dos años, quizá sus más cercanas amigas, cuatro décadas más viejas y mañosas. Toma el pasillo central, es el peor, tiene retazos de todo lo que los visitantes desconsiderados dejan en su fugaz paso por la factoría más prominente en el campo de los textiles en la última década, lo leyó en Portafolio, su periódico favorito; los ilustres visitantes incluyen clientes, proveedores, excursiones colegiales, domiciliarios, entre otros. El recorrido hay que hacerlo unas tres o cuatro veces al día, cada uno dura alrededor de dos horas y después hay que llegar al aparcamiento y descargar, separar y amontonar. Es un trabajo monótono y fatigoso, que no da tiempo de ir al baño sin que el supervisor se entere, que no deja hacer vida social con nadie en las seis dependencias de la empresa ni deja reponer un poco de sueño o leer las copias para la noche; Diego decidió estudiar un buen día pero no tenía con que coger el bus, hojas de vida acá y allá lo llevaron a donde está ahora y a fuerza del horario conseguir una nocturna para estudiar ciencias sociales entre seis y once de la noche de lunes a sábado, y sí, -es una carrera improductiva en el país de los ingenieros- le han dicho, en un horario absurdo y en un lugar irrisorio, -que más da- se dice entre risas mientras avanza con su carrito recolector –más vale ser un tonto feliz que un adinerado remordido-.
Diego tiene una expresión longeva y enjuta que le hace ganar la confianza rápidamente de los viejos, en la cara muchas veces no solo se le ve la fatiga sino el desazón de tener que andar un camino tan largo para llegar donde algunos teniendo todas las oportunidades del caso jamás quisieron; es un buen trabajador y un soñador de esos que cree que al presidente más que nada se le puede derrocar con piedras, palos y pasquines antes que con armas, tan soñador que un día, saltando el conducto regular, le propuso al jefe de su supervisor un cambio de horario en su jornada para poder estudiar en una mejor universidad, el hombre, un cincuentón robusto y adinerado no tuvo reparo en reírsele en la cara –¿y usted quién es?, voy a hablar con su supervisor para que este a su pendiente por insolente- dijo entre burlas el viejo, -beneficios como esos solo se los puede dar el gerente-.
En el segundo pasillo la secretaría de recursos humanos le recordó a Lorena, su primera decepción amorosa a los dieciséis y que hoy, ocho años después, el destino tenía bien lejos; pasó presurosamente y la miró diligente, vació la caneca y siguió, no había tiempo de interrumpirla y preguntarle si ella también se llamaba Lorena o tenía una hermana con ese nombre. Como extrañaba el pasado, era un melancólico de los años que se habían ido, de cuando no se había metido en el lio universitario y menos en el uniforme de fontanero; ¡ah!, y esas experiencias con Lorena: tríos, orgias, intercambios; ¡vaya, que mujer! Díscola e indócil, experta y excelente como amante. Sin dudarlo volvería con ella- piensa en voz alta mientras vacía las ultimas canecas de la primera ronda del día; -aunque podría estar seguro de que si estuviera acá no me aceptaría con este empleo, siempre me dijo que primero la dignidad que la barriga- ¡já!, como se nota que no sabe lo que significa tener hambre, ella en París y yo acá entre cartones, plásticos y –biodegradables-, esa puta caneca es la más pestilente-.
La última vez que habló con Lorena ella le había dado la dirección y el teléfono de su nuevo domicilio en la ciudad luz, Diego lo había escrito en un pedazo arrancado del Portafolio de la primera semana de septiembre, la recordaba bella, como una mujer tan buena por fuera como por dentro, siempre, desde que se había ido y empezó a llamarlo regularmente, le ofrecía asilo y una oportunidad para trabajar, enseñarle el idioma por su cuenta y demás; él, indiferente a ratos, solo se limitaba a cambiar de tema, a preguntar cómo se encontraba y si le hacía falta algo; desde luego si a alguien le hacía falta algo era a él. A veces hasta piensa en eso como una broma, en irse pendiendo de la mano de ella y empezar de cero algo nuevo, sin embargo, no se siente tan desgraciado como para querer hacerlo –cambiar es para inseguros- se repite cuando siente que la idea le ronda mucho en la cabeza. Por lo menos las mujeres (cuando lo ven sin el uniforme) le sonríen y a Sandra fue él quien decidió cortarle, tal vez querer empezar en París sería lo último, tan solo el día que no tuviera a donde más dirigirse y quisiera cambiar su modesta y parsimoniosa vida.
Casi las nueve con cincuenta y a iniciar el segundo recorrido. La tercera caneca dentro de la oficina de asuntos jurídicos le ofrece un regalo inusitado, se trata del periódico del día, el mismo que como gratuito es de vacío, lo toma por la ultima pagina y lee: Para libra día de revelaciones, ideal para los negocios. En el amor las cosas se aclaran con su pareja. Un día de muchos cambios en lo laboral. No descarte una oportunidad en el extranjero. Numero: 3874.
-¡Seguro! Cambios en la laboral. Cambios, cambios, cambios, mínimo me van a trasladar al sótano, a lidiarme con cañerías y roedores- se dice divertido mientras deposita el diario en el fondo de la caneca para papel y cartón.
Segunda puerta del tercer pasillo y ahí está la oficina del supervisor. –Permiso- dice mientras abre la puerta y se dispone a desfilar hasta el único escritorio del recinto. El hombre tras el estandarte es un rubio con no más de treinta y cinco, de carácter débil pero actitud tosca hacia compañeros y subordinados que superaba las tediosas mañanas entre crucigramas y películas pornográficas, le gustaba estar encerrado como hasta las diez, hora que decidía abrir la puerta de la oficina y hacer garabatos sobre un papel blanco imitando la firma del gerente o las que venían en los billetes.
Diego toma la caneca, la lleva hasta el pasillo y la vacía con fuerza, de un solo sacudón, -solo papel firmado- se dice; de regreso se percata de que el hombre lee el diario y tiene los pies sobre el escritorio. –Disculpe- dice a media voz –es que quisiera consultarle algo sobre mis horas extras. Disculpe. ¡Señor! Es que quiero saber…-.
-Tenga más cuidado joven, no se le olvide con quien habla, me he enterado de sus andanzas –dice el hombre de tez amarillenta sin retirar los ojos del periódico y piensa Diego si estará leyendo el horóscopo, si será libra. –Necesito hacer una consulta- insiste Diego-. -Ahora no- vuelva en la noche- responde el supervisor. De seguro en la noche usted no estará, es solo un momento- dice Diego al tiempo que hunde la mano en el bolsillo derecho para extraer un copia arrugada de la nomina del día anterior y que era el motivo de su discordia, según sus cuentas le estaban asaltando en ochenta mil. Mire joven, ahorita no, pásese por la oficina de pagos y cobre lo que le corresponde, lo que aparece ahí es lo que se merece, yo mismo lo revisé- dijo el rubio mirando por primera vez a Diego directo a los ojos. ¿Y ese descuento por qué es? –pregunta Diego que permanecía parado impávido frente al escritorio. Ese descuento es por irreverente; es que acá las reglas van de la mano de mí regalada gana, se hace lo que yo quiero y jamás lo que usted tímida y esporádicamente sugiere y menos saltándose los conductos –me dijo el hijo de puta ese- dice Diego recordando horas después. Si no está de acuerdo pase por su liquidación.
No hace falta-, respondió Diego aireado, se dispuso entonces a dar media vuelta y a marcharse, no sin antes patear fuertemente el único mueble de la oficina del engominado supervisor. ¡Seguridad! ¡Seguridad!- profería el apelmazado rubio al tiempo que Diego tiraba la puerta de la oficina tras de sí. Prohibido pensar, prohibido sugerir y querer salir del atolladero- repetía mientras se cambiaba en los casilleros. El triciclo de recolección había quedado frente a la última oficina que visitó ese día y en donde decidió irse, ya jamás volvería a pisar los monótonos pasillos. Diego salió el sábado en la tarde, pasó por mi lado y se detuvo tranquilamente a relatarme el episodio. Hasta nunca, buena suerte –me dijo mientras estrechábamos las manos- saludes a los demás.
Diego vagó un par de calles sin saber en qué pensar, habría que empezar a buscar un nuevo empleo para costear -la carrera de vagos- como tantas veces le habían dicho respecto a la que se había aferrado. Casi llegó hasta el centro bajo el resplandeciente calor de octubre cuando se detuvo frente a un aviso que anunciaba internet, dulces, películas, pago de servicios públicos, útiles escolares y hasta pruebas de embarazo. La joven del mostrador tenía unos ojos negros brillantes y asustados que conjugaban a la perfección con esa baja estatura y lo modesto de sus movimientos, pensó en Sandra de súbito, buscó en los bolsillos y palpó algunas monedas, por un momento lamentó no haber reclamado la sórdida liquidación.
-Una llamada a París- le dijo, mientras buscaba un papel amarillento en su billetera.
-Cabina uno- responde la mujer.

jueves, 8 de octubre de 2009

...de zarpazos y balazos…

En su bolsillo no había más que tres monedas y un chocolate que favorecido por el inclemente clima aún conservaba su forma original, al menos eso anunciaba el contacto minucioso y pendenciero de su mano derecha que de principio quiso hallar algo que más que los escuetos y devaluados metales. La noche había sido rauda y habitual, fugaz entre amarettos y cervezas importadas de extraños colores, texturas y recipientes, había transcurrido de prisa junto al olor del cabello de Viviana y sus tan esquivas como sutiles muestras de afecto. Hacia frio y en la avenida nada más uno que otro carro anunciaba el arribo presuroso de la madrugada en una ciudad que no tomaba mucho en desperezarse. Cerca de dos horas caminando no se hacían un problema, al menos había quedado como un galán con ella, como casi siempre, la había recogido y habían caminado <> unos diez minutos hasta el bar de Blasto, un amigo de ambos que se regocijaba en las venturosas noches de viernes duplicando el precio de todos los licores. Dos amarettos para empezar, era el trago favorito de Viviana, fuertes y en seco, como les gustaba a ambos, ella un tanto más divertida que de costumbre atinaba entonces a acariciar su mano y juguetear con sus uñas en medio los lánguidos dedos de su acompañante, un proceder casi rutinario después del primer trago en ella, en seguida él acechaba hablándole cerca, diciéndole lo bien que se veía como en cada ocasión y aventando cuanta palabra de amor la vida le había dado la oportunidad de detenerse a recoger de telenovelas, libros o familiares; ella en cambio, esquiva como siempre le desviaba la mirada y tan solo parecía centrar su atención en él a sorbos secos como los del amaretto para contemplar de frente esa piel morena y curtida que le hablaba de paraísos y exclusividades. Así se iban las citas, entre zarpazos en busca de besos, caricias de acá y jugueteos de allá, entonces pasaban las horas después de la media noche y la gente abandonaba, ellos, amigos del dueño, lo hacían al final para abordar un taxi, Daniel pretextaba no llevar uno de sus dos carros porque con ella prefería beber que manejar. El ritual de despedida era el mismo entonces, llegar a la casa de Viviana, esperar que descendiera y entrara para pedir al taxista que lo dejara en la siguiente esquina y empezar a andar. Como en otras ocasiones, Daniel había gastado lo de la quincena en tragos finos y sutilezas despectivas, con una doncella fluorescente que lo mismo podía saber de cómo convertir la paja en oro que de lo que significaba vivir ciento cincuenta cuadras al sur de su domicilio. Se habían conocido en el bar de Blasto, ella siendo una princesa acomodada y el pasándose por príncipe con la complicidad del dueño del establecimiento, los jueves de poesía fueron la excusa en un principio, después los viernes de música en vivo, así se fueron dando las cosas.
Llevaba tiempo caminando, serían las cinco calculó; por suerte se trataba de una zona segura y pronto llegaría a la única avenida con servicio público en todo el norte de la ciudad, allí tendría que esperar cerca de media hora y al fin los mil doscientos pesos del bolsillo derecho le serian más que útiles, cerca de cuatro horas después de descender del taxi estaría en su casa, dormiría un rato, se ducharía y a trabajar, pero mientras todo esto pasaba habría que seguir caminando.
-Calle noventa- se dijo entre dientes al contemplar el centro comercial de paredes azules a su derecha, siempre había creído que allí en verdad comenzaba la ciudad y que ir más allá requería hacerse con un equipaje corto que por lo menos supliera las necesidades alimenticias. Al cabo de cinco minutos estaría en la ochenta, sacó entonces el chocolate y lo digirió a dos bocados, lo había comprado para Viviana pero esa noche se arrepintió de dárselo después de que esta hiciera un comentario en tono burlesco acerca de los vendedores de dulces en los buses.
Su paso era pausado y adolorido, palidecía y tenía unas grandes ojeras, era algo natural con una noche de trasnocho, se le notaba lo farreado; al contemplarlo de frente daba la impresión de ser un enfermo terminal, de seguro por eso la poca gente que llegó a cruzar en el camino le esquivó la mirada al pasarle cerca; tan solo un par de hombres si se atrevieron a verle a los ojos, le descubrieron el cansancio abalanzándosele de forma estrepitosa y sagaz, -la plata o te morís- dijo uno de ellos, sujetándolo por el brazo mientras el otro le irrumpía con un arma de fuego en el pecho –me muero, ya no importa- dijo en medio broma y algo adormecido, el cansancio hacia su efecto y no fue consciente de la situación hasta percatarse del arma que empuñaba el mas alto. Todo fue rápido, Daniel sacó las únicas tres monedas que lo acompañaban y se las dio a quien lo sujetaba, eran grandes y grotescos de aspecto y estaban vestidos con el uniforme de alguna de las empresas de servicios públicos de la ciudad, quien le recibió el dinero cogió las monedas y se las tiró en la cara, en seguida de una zancadilla Daniel estuvo en el piso donde comenzaron a patearle el rostro y el abdomen en la desolada acera. Los carros pasaban por el lugar a mas de cien y de seguro los que vieron la escena también vieron el arma en la mano derecha de uno de ellos.
– ¿No más?- dijo el único que había hablado hasta entonces- esto no vale ni los golpes en su hijueputa cara-. Ahora vamos a irnos y acá no pasó nada, no nos quiera mirar o se lleva su pepazo, si nos sigue, si le dice a alguien, si grita, si respira, si piensa me devuelvo y me lo llevo cabrón.
Todo esto lo decía el hombre que de principio lo sujetó, el otro, algo parco y retraído solo miraba y sostenía el arma indiferente, con al cañón hacia el suelo, desde luego había participado en la golpiza pero no pronunció ninguna palabra. Quien estaba sobre Daniel se levantó presto y ambos empezaron a caminar hacia el norte apresuradamente, casi corriendo. Daniel, aturdido y sin poder ver muy bien por la sangre que le caía en los ojos en cuanto los sintió lejos se quiso poner de pie, aún no se había incorporado totalmente cuando a través de sus ojos lagrimosos percibió una mancha oscura y amenazante, una sombra que en un parpadeo no estuvo más, fue entonces cuando sintió el abrazo desde la espalda y una voz grave que al oído derecho le decía –¿le dije o no, gomelo? A mí no me gusta repetir-. Lo que pasó después sonó en seco y no tuvo testigos, fue certero como los amarettos o las miradas displicentes de Viviana, un solo estruendo que se hizo perforación en la espalda de Daniel. Después de que el sujeto saliera corriendo Daniel empezó a caminar para buscar ayuda, se lanzó a los carros de la autopista y ninguno se paró a su señal, dio unos cuantos trancos y se desplomó, fue ahí cuando alguien se detuvo a auxiliarlo.
El balazo según dijeron los médicos ingresó por la zona medular y quedó alojado a la altura de la decima vertebra dorsal. Daniel tuvo una cirugía de cuatro horas en la que le extrajeron la bala y estuvo en el hospital diez, veinte o mil quinientos días, no lo sabe pero fueron eternos, en estos no hizo más que esperar alguna reacción en sus piernas, la reacción, al igual que alguna señal de vida de parte de Viviana, nunca llegó.
Daniel ya no trabaja y ahora depende de su madre para casi todo, llora todas las noches cuando cree que los demás duermen y pide a Dios que acabe pronto con su vida después de blasfemarle y cuestionarle por su suerte.
Para Viviana Daniel no existe más desde esa noche en que lo despidió al descender del taxi, Blasto le informó de la situación de su acompañante ocasional y solo se lamentó lastimeramente, se lamentó mas por enterarse que Daniel tenía tres estratos menos que ella y por saber que en verdad no era jefe de asuntos jurídicos sino secretario de dicha oficina que por su invalides, le dolió más sentirse engañada; ya no habrían con él más quincenas despilfarradas ni amarettos, ahora sus bolsillos estarían de seguro demasiado rotos y ni con ellos, ni con sus piernas ornamentales o sus promesas paradisiacas compraría siquiera un tanto de todo ese amor negligente que ella tenía por ofrecer.